El poder del framing en la política

Jenny Sepúlveda Giraldo

Comunicadora Social y Periodista. Magíster en Comunicación Política y Marketing.

Quien logra posicionar un relato, también logra influir en aquello que una sociedad percibe como amenaza, esperanza o prioridad

La historia política de Colombia también puede leerse a través de sus narrativas. A lo largo de las décadas, cada momento político ha construido sus propios marcos narrativos alrededor de enemigos, amenazas o problemas que explican la realidad de cada época. Conceptos como las élites, el comunismo, la guerrilla, el terrorismo, el castrochavismo o la desigualdad han ocupado ese lugar en distintos momentos de la historia nacional.

Pero sin entrar en ideologías e identificarse con la derecha o la izquierda, es importante rescatar que estos relatos han funcionado como marcos discursivos capaces de movilizar emociones, orientar percepciones y redefinir la manera en que la ciudadanía interpreta y le da sentido a la realidad.

Y es que en política, quien logra posicionar un relato también logra influir en aquello que una sociedad percibe como amenaza, esperanza o prioridad. 

Esa capacidad de moldear la interpretación de la realidad es lo que en comunicación política se conoce como framing, que no es otra cosa que el uso estratégico de narrativas y encuadres capaces de activar emociones y construir sentido colectivo alrededor de determinados hechos políticos y sociales.

En diferentes partes del mundo y a lo largo de la historia, distintos liderazgos han recurrido a estos marcos discursivos para movilizar el apoyo ciudadano. En Colombia, por ejemplo, Jorge Eliécer Gaitán construyó una narrativa centrada en la representación del pueblo frente a las élites tradicionales; su discurso configuró una dicotomía entre el pueblo y las élites, posicionándose como el líder capaz de canalizar las demandas de transformación social de amplios sectores populares del país.

Décadas más tarde, tras el periodo de violencia bipartidista y la caída del general Gustavo Rojas Pinilla, se consolidó el Frente Nacional, un acuerdo entre liberales y conservadores para alternarse el poder cada cuatro años y poner fin a la confrontación entre ambos partidos. Un pacto que contribuyó a estabilizar el sistema político, pero limitó la participación de proyectos alternativos y redujo las posibilidades de representación de sectores que no se identificaban con las colectividades tradicionales.

En ese contexto, marcado además por una creciente polarización ideológica, comenzó a fortalecerse la figura del enemigo interno, utilizada en ese entonces, para asociar movimientos sociales, sectores de izquierda y posteriores organizaciones insurgentes con amenazas al orden nacional. Paralelamente, la exclusión política, las tensiones sociales y la desigualdad territorial alimentaron el surgimiento de grupos armados como las FARC y el ELN.

Desde entonces, la construcción del antagonista se convirtió en una constante dentro de la narrativa política colombiana. Lo que ha cambiado con el tiempo no ha sido la existencia del enemigo, sino su nombre: guerrilla, terrorismo, castrochavismo, élites, corrupción o incluso la desigualdad han ocupado ese lugar según el contexto histórico y el liderazgo de turno.

La política colombiana cambia de protagonistas y de enemigos, pero no deja de construir relatos para explicar la realidad.

Más que una lista de acontecimientos políticos, la historia de Colombia puede entenderse como una disputa permanente por la definición de aquello que la sociedad debe temer, rechazar, aceptar o transformar.

Ese encuadre evolucionó con el paso de los años, pero nunca desapareció. Durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, la política de seguridad democrática posicionó el terrorismo como principal amenaza para el país, consolidando un marco emocional basado en el miedo, la protección y el orden nacional; en ese momento, el país atravesaba uno de los puntos más críticos del conflicto armado y gran parte de la conversación pública giró alrededor de la necesidad de recuperar la seguridad y el control territorial.

Años después, el gobierno de Juan Manuel Santos intentó desplazar esa narrativa hacia un discurso centrado en la paz y la reconciliación durante los acuerdos de paz. Sin embargo, el plebiscito de 2016 evidenció que Colombia seguía profundamente dividida con una agenda entre la guerra y la paz.

El país entró entonces en una disputa narrativa donde conceptos como “paz”, “impunidad”, “castrochavismo” y “reconciliación” comenzaron a reorganizar emocionalmente la conversación pública y mediática.

La elección de Iván Duque en 2018 también evidenció la capacidad de las narrativas políticas para conectar con nuevos sectores del electorado. Sin embargo, las movilizaciones sociales, el estallido social de 2021 y los efectos de la pandemia ocasionada por COVID-19, transformaron las prioridades de una parte de la ciudadanía, posicionando temas como la desigualdad, la representación política y la pérdida de confianza institucional en el centro del debate público.

Cuando cambia el relato

Las elecciones presidenciales de 2022 marcaron un nuevo punto de inflexión dentro de este escenario simbólico. La campaña de Gustavo Petro reconfiguró parte de la conversación política y pública al trasladar el foco del debate desde temas tradicionalmente asociados a la seguridad, el conflicto armado y la lucha contra los grupos insurgentes hacia problemáticas como la desigualdad, la exclusión, la justicia social y el desgaste de la política tradicional.

En ese escenario, el cambio dejó de ser únicamente una propuesta programática para convertirse en un marco emocional capaz de conectar con ciudadanos inconformes con el contexto social y económico del país.

Este fenómeno resulta particularmente relevante porque la narrativa de campaña logró resonar más allá de los sectores tradicionalmente identificados con la izquierda, conectando con ciudadanos movilizados por demandas de transformación frente al contexto social y político del país.

Comprender cómo se construyó esa narrativa y por qué logró resonar en determinados sectores de la ciudadanía, fue precisamente el punto de partida de esta investigación desarrollada en la Maestría en Comunicación Política y Marketing, titulada “Análisis del framing de la campaña de Gustavo Petro en 2022 en Colombia”, que analizó cómo distintos encuadres discursivos fueron utilizados durante la primera vuelta presidencial y cómo fueron percibidos por un segmento de jóvenes urbanos en Bogotá. 

La investigación sugiere que los marcos discursivos utilizados durante la campaña resignificaron problemáticas estructurales como la desigualdad y la exclusión, traduciéndolas en narrativas emocionales capaces de generar identificación incluso en sectores urbanos y educados tradicionalmente distantes de las candidaturas de izquierda.

El estudio identificó tres marcos predominantes dentro de la narrativa de campaña: el cambio, entendido como una ruptura con las estructuras tradicionales de poder; la esperanza, asociada a la posibilidad de transformación social; y la resistencia ciudadana, que apelaba al ciudadano como un actor activo frente al desgaste institucional y la política tradicional.

Entre los entrevistados también emergieron elementos como la dignidad, el reconocimiento y la incertidumbre frente al futuro, emociones que contribuyeron a fortalecer la conexión con la narrativa de cambio. Más que una adhesión ideológica o una identificación con el liderazgo de Petro, muchos participantes describieron su decisión de voto como una respuesta a la necesidad de transformación frente a problemáticas históricas que consideraban aún sin resolver.

El contexto también resultó determinante. La campaña se desarrolló en medio de las secuelas  económicas y sociales de la pandemia, por Covid-19 y tras el impacto político del estallido social de 2021, un escenario que consolidó conversaciones públicas atravesadas por el cansancio institucional, la desconfianza hacia las élites y la necesidad simbólica de transformación, especialmente entre sectores de jóvenes urbanos.

Los hallazgos de la investigación evidenciaron que estos marcos discursivos (cambio, esperanza, resistencia ciudadana), lograron generar identificación emocional en algunos votantes alrededor de valores asociados a la dignidad, la empatía y la inclusión. Sin embargo, el análisis también identificó tensiones relacionadas con el tono confrontativo de algunos discursos y con el alto nivel de polarización política presente durante la campaña.  

De hecho, las percepciones de los jóvenes entrevistados revelaron una dualidad: mientras que el relato de la esperanza actuaba como un movilizador positivo, el tono de confrontación generaba miedo e incertidumbre. Estos hallazgos sugieren que los marcos discursivos pueden funcionar como herramientas de doble filo, capaces de movilizar entusiasmo político, pero también de profundizar dinámicas de polarización y dificultar el diálogo democrático.

Más allá del caso colombiano, el fenómeno evidencia cómo las emociones continúan ocupando un lugar central en la política contemporánea; aunque las campañas presentan programas de gobierno y propuestas programáticas, gran parte de la comunicación electoral sigue construyéndose alrededor de emociones colectivas como el miedo, la indignación, la frustración o la esperanza.

El framing resulta fundamental para comprender cómo se construyen las narrativas políticas y cómo determinados relatos logran posicionarse en la conversación pública y mediática. Su verdadero poder radica en la capacidad de construir marcos de interpretación de la realidad, organizar experiencias colectivas y orientar la manera en que una sociedad resignifica su cotidianidad.

Porque, al final, las campañas no sólo buscan ganar las elecciones. También disputan la manera en que las sociedades entienden su propia realidad.

Este artículo se basa en la investigación «Análisis del framing de la campaña de Gustavo Petro en 2022 en Colombia», desarrollada en el marco de la Maestría en Comunicación Política y Marketing de la Universidad CESUMA en convención académico con CEUPE European Business School.

Jenny Sepúlveda Giraldo